Met Gala 2025: La alfombra calla, nosotros elegimos

7 May 2025 | CELEBRIDADES, ESTA SEMANA

REDACCIÓN BOGA

El 5 de mayo, el Museo Metropolitano de Nueva York volvió a ser el epicentro de la moda con una edición que ya es historia. Bajo el tema “Superfine: Tailoring Black Style” y el código de vestimenta “Tailored for You”, la Met Gala 2025 celebró la sastrería como declaración cultural, política y personal.

El Met se transformó en un salón de espejos. Cada invitado proyectó su propia lectura del tailoring desde la herencia del estilo negro: precisión, elegancia, actitud. Algunos deslumbraron; otros, simplemente se vistieron.

Desde esta redacción, fieles a una mirada exigente –y sí, subjetiva, como todo lo que importa en moda–, hemos elegido a quienes realmente supieron estar a la altura.

Porque, como siempre decimos: la moda puede ser un recurso cuando aún no te conoces. El estilo, en cambio, es saber quién eres, qué quieres expresar y no necesitar la aprobación de nadie.

Zendaya de Louis Vuitton: el arte de dominar el código sin decir una palabra

Gala Met ()

 Poder blanco, sastrería icónica y un guiño eterno a Bianca Jagger.

Zendaya apareció como si hubiese salido de una novela de Truman Capote, vestida por un sastre de Harlem y con la mirada de quien sabe que lleva el look de la noche. El traje blanco, con chaleco, corbata y pamela de diva inalcanzable, fue mucho más que un conjunto: fue una tesis sobre el dandismo negro interpretado con feminidad y rigor.

Nos recuerda a Bianca Jagger en su boda con Mick Jagger en 1971, luciendo aquel inolvidable conjunto blanco de Yves Saint Laurent que desafió las convenciones nupciales de la época. Pero también evoca a Marlene Dietrich, quien jugaba a la ambigüedad, desafiando las normas de género con elegancia y audacia.

Impecable sin ser predecible, teatral sin caer en la parodia. Esta es la clase de “tailoring” que haría a Beau Brummell aplaudir de pie… desde el más allá

Anne Hathaway de Carolina Herrera: del archivo Chanel a la oficina de Karl.

Gala Met ()

Un homenaje moderno al chic eterno de Chanel y la fuerza sutil de Lauren Bacall.

Anne Hathaway deslumbró con una aparición que fue, en esencia, una clase magistral de equilibrio entre tradición y vigencia. Vestida “de sí misma”, su look reinterpretó el dress code “Tailored for You” con una propuesta clara: sastrería impecable desde el chic parisino, sin excesos, pero con una presencia que no necesitaba gritar para destacar.

El conjunto, un guiño al Chanel noventero de Karl Lagerfeld, evocaba la estética poderosa de aquella era: líneas definidas, blanco y negro, superficies bordadas y una falda larga de tweed monocromática que remitía a la feminidad empoderada de la maison, cargada de perlas y distinción. Más Coco que moda contemporánea, más Karl que Pharrell , Anne evitó logotipos y provocaciones, apostando por la sobriedad de una camisa blanca que, lejos de ser neutra, era una declaración de intenciones. Con cuello abierto , mangas dobladas y una actitud que fusionaba la precisión de Carolina Herrera con el magnetismo de Lauren Bacall, la prenda destilaba seguridad y savoir faire.

La joyería azul hielo añadió un toque de diva de los 50, elevando el conjunto con elegancia contenida, mientras el peinado sobrio y el cuello estructurado reforzaban la narrativa de refinamiento sin esfuerzo. El resultado fue una energía Old Money transformada: texturas nobles, accesorios con peso y una distinción que no buscaba permiso. Anne Hathaway, con una camisa masculina y una falda icónica , demostró que el auténtico estilo no se impone, pero, cuando quiere, puede silenciar una sala con una sola mirada .

Gigi Hadid, de Miu Miu:  dorado de manual, glamour sin sorpresa

Gala Met ()

Brillo líquido, silueta dorada y el legado eterno de las bombshells de Hollywood.

Hay apuestas que no fallan, pero tampoco se arriesgan. Gigi Hadid emergió como un sueño dorado de Hollywood, evocando la Alta Costura hollywoodiense en su máximo esplendor: escote cruzado, silueta de sirena, lentejuelas líquidas y un peinado que destilaba el encanto de una rubia platino de los años 30.

El vestido, brillante, esculpido y con un drapeado estratégico, era una oda a la sensualidad de Jean Harlow, con su dorado metalizado que recordaba los lamés teatrales de la época, y al magnetismo de Marilyn Monroe en “Gentlemen Prefer Blondes”, con esa aura de bomba reforzada por un peinado vintage que no necesitaba alzar la voz. Se percibían ecos del exceso dorado y la sensualidad sin disculpas de Gianni Versace en su era maximalista, con un dramatismo digno de una portada doble de Vogue Italia , junto a un susurro de Galliano para Dior o Elie Saab en sus días de armaduras brillantes que moldeaban el cuerpo.

La ejecución fue impecable, con brillo por doquier, pero el alma adaptada del código “Tailored Black Style” brilló por su ausencia. El concepto, simplemente, se desvió. ¿Un aspecto memorable?  Talvez. ¿Una respuesta fiel al “A medida para ti”? Difícilmente. Porque, querida Gigi, la sastrería no siempre deslumbra: a veces, simplemente corta. Y eso, aquí, se echó de menos.

Diana Ross de Ugo Mozie : Cuando la diva entra, la alfombra se calla

Gala Met ()

Plumas, plata y diva energy. Un tributo escénico al glamour eterno de Diana Ross.

Hay momentos en que la moda se convierte en historia viva. Diana Ross no asistió al Met Gala 2025: hizo una aparición. Envuelta en lentejuelas plateadas, plumas blancas y una capa de diva que parecía flotar por sí sola, su presencia fue menos un look y más un recordatorio: esto es estilo negro. Esto es legado.

No interpretó el código “Tailoring Black Style”, porque ella lo inspiró hace décadas. El sombrero XXL con plumas, el brillo maximalista que parecía diseñado por los ángeles de Las Vegas, y el dramatismo escénico no eran una recreación: eran Diana en estado puro, encarnando sin esfuerzo lo que otras intentan emular. ¿Sastrería? No al uso, pero ¿quién osa corregir a una mujer que lleva décadas escribiendo el manual del exceso escénico? Su estilismo fue una declaración autobiográfica, un homenaje viviente a las noches de Motown, al genio de Bob Mackie , y al camp negro llevado con dignidad absoluta. Un repaso de pluma y pedrería al arte de ser una diva con mayúsculas. Aplausos, reverencias y un mensaje claro: cuando eres la blueprint, no sigues el código. Tú eres el código.

El conjunto no fue una elección, sino un compendio de memorias visuales que Diana ayudó a fundar, bordadas en plata, lentejuelas y plumas, con la serenidad de quien no sigue tendencias porque las inventó. Más que un homenaje, fue un autorretrato: el escote de tirantes finos , la silueta de sirena, las plumas dramáticas remitían a su propio archivo personal, desde los días gloriosos con The Supremes, pasando por su etapa como musa disco, hasta su brillo en “Mahogany”. Diana no interpretó una época: la vivida.

El abrigo satinado con plumas XXL, que evocaba a los camerinos de las Ziegfeld Follies o el vestidor de Marlene Dietrich, llevaba el alma de Harlem y el temple de Motown. Era exceso, sí, pero del tipo que sabe estar. Lentejuelas como armadura, presencia como manifiesto. Su look no recordaba al Studio 54: directamente era el Studio 54, donde brillar no era un capricho, sino una forma de afirmarse. Diana no necesita recordar esa era dorada, porque fue -y sigue siendo- su protagonista.

Más allá del espectáculo, su estilismo fue alta costura emocional, arraigada en la escuela de Motown que transformó a las divas negras en iconos globales. Cada vestido, cada capa, cada bordado era una declaración de orgullo, poder y elegancia. El dramatismo escénico gritaba Diana, pero con la voz modulada de quien lo ha dicho mil veces sin alzar el tono.

Rosalía, de Balmain: escultura viva en clave española

Gala Met ()

Silencio blanco, líneas puras y el poder de la simplicidad elevada a arte.

No hay vuelo, no hay pedrería, no hay distracción. Rosalía, en la Gala del Met 2025, se presentó como si su cuerpo fuera arquitectura, y el vestido, su molde. Una escultura de línea pura y trazo firme que no necesita gritar para hacerse oír. Azzedine Alaïa habría sonreído: aquí no hay adorno, solo sensualidad reducida a su esencia más poderosa.

El look bebe del minimalismo quirúrgico de los 90, con ecos del Helmut Lang más austero y el Calvin Klein más radical, pero también evocaba, inevitablemente, a Grace Jones: una silueta compacta, futurista y, sobre todo, con presencia. Rosalía no se vistió para gustar, sino para imponer.

Más que un vestido, era una armadura silenciosa. Si el código “Tailoring Black Style” celebraba la sastrería como signo de identidad, Rosalía lo llevó a otro plano: el del manifiesto. Sin sombreros, sin solapas, su traje era su cuerpo, y su cuerpo, la idea.

Jenna Ortega: arquitectura metálica con alma de femme fatale

Gala Met ()

Silueta futurista y un guiño afilado al legado de Paco Rabanne.

Jenna Ortega no caminó la alfombra del Met Gala 2025: la atravesó como si llevara una declaración de estilo sellada en metal. Su elección no fue un vestido común, ni siquiera una reinterpretación moderna de la sastrería femenina, sino una pieza escultórica de presencia innegable. Lejos de la suavidad de las telas en movimiento o el brillo del exceso decorativo, eligió un diseño de silueta precisa y estructura cerrada, como salido de un taller de diseño futurista.

La prenda, compuesta por paneles metálicos perfectamente articulados, evocaba el espíritu experimental de Paco Rabanne en los años 60, cuando la moda dejaba de ser textil para convertirse en superficie arquitectónica. Pero también hablaba otro lenguaje: el de la sofisticación futurista de Thierry Mugler, el dramatismo contenido de las figuras de Fritz Lang y el dominio escénico de una Grace Jones en pleno control. El cuerpo, en este caso, no se vestía: se enmarcaba en alta costura.

El conjunto entero era un híbrido entre fuerza visual y contención. El escote afilado, el brillo cromado, las proporciones limpias y el gesto contenido construían una estética que viajaba entre lo industrial y lo mitológico. El peinado ondulado, los labios oscuros y la mirada intensa ofrecían un contrapeso retro a la modernidad radical del diseño, como si Rita Hayworth hubiese cruzado un portal hacia una distopía de pasarela.

Más que seguir el código “Tailoring Black Style”, Jenna Ortega lo reinventó. Convirtió el traje en arquitectura corporal, y su figura en un manifiesto de moda. No necesitó solapas, volumen ni joyas evidentes. El poder estaba en el lenguaje visual del diseño: ángulos definidos, superficies sólidas y un magnetismo silencioso.

En una gala donde muchas elecciones se diluyen en la repetición del molde, ella ofreció una visión distinta: una figura que no busca agradar, sino marcar territorio. Su aparición fue directa, afilada, imponente. En tiempos de estilismos genéricos y fórmulas sin alma, Jenna Ortega demostró cómo el verdadero estilo no necesita gritar para dominar.

Jenna Ortega no caminó la alfombra del Met Gala 2025: la atravesó como si llevara una declaración de estilo sellada en metal. Su elección no fue un vestido común, ni siquiera una reinterpretación moderna de la sastrería femenina, sino una pieza escultórica de presencia innegable. Lejos de la suavidad de las telas en movimiento o el brillo del exceso decorativo, eligió un diseño de silueta precisa y estructura cerrada, como salido de un taller de diseño futurista.

La prenda, compuesta por paneles metálicos perfectamente articulados, evocaba el espíritu experimental de Paco Rabanne en los años 60, cuando la moda dejaba de ser textil para convertirse en superficie arquitectónica. Pero también hablaba otro lenguaje: el de la sofisticación futurista de Thierry Mugler, el dramatismo contenido de las figuras de Fritz Lang y el dominio escénico de una Grace Jones en pleno control. El cuerpo, en este caso, no se vestía: se enmarcaba en alta costura.

El conjunto entero era un híbrido entre fuerza visual y contención. El escote afilado, el brillo cromado, las proporciones limpias y el gesto contenido construían una estética que viajaba entre lo industrial y lo mitológico. El peinado ondulado, los labios oscuros y la mirada intensa ofrecían un contrapeso retro a la modernidad radical del diseño, como si Rita Hayworth hubiese cruzado un portal hacia una distopía de pasarela.

Más que seguir el código “Tailoring Black Style”, Jenna Ortega lo reinventó. Convirtió el traje en arquitectura corporal, y su figura en un manifiesto de moda. No necesitó solapas, volumen ni joyas evidentes. El poder estaba en el lenguaje visual del diseño: ángulos definidos, superficies sólidas y un magnetismo silencioso.

En una gala donde muchas elecciones se diluyen en la repetición del molde, ella ofreció una visión distinta: una figura que no busca agradar, sino marcar territorio. Su aparición fue directa, afilada, imponente. En tiempos de estilismos genéricos y fórmulas sin alma, Jenna Ortega demostró cómo el verdadero estilo no necesita gritar para dominar.

Demi Moore de Thom Browne: entre origami futurista y diva del “sci-fi” de lujo

Gala Met ()

Geometría en movimiento, alta costura óptica y el espíritu audaz de Pierre Cardin reimaginado.

Demi Moore, envuelta en un diseño de Thom Browne para la Met Gala 2025, no apareció: se manifestó como una estatua de ébano atravesada por un rayo de noche. Su vestido negro, surcado por líneas blancas diagonales y coronado por un cuello estructura monumental que desafiaba la física y el buen andar, no fue solo una elección de moda: fue escenografía sobre el cuerpo. Un tocado escultórico, simulando una corbata gigante con destellos plateados, completaba una fantasía arquitectónica que ocupaba el espacio y lo redibujaba a su antojo.

La mirada evocaba las siluetas arquitectónicas de Pierre Cardin en los años 60, las heroínas de ciencia ficción vestidas por Thierry Mugler y las diosas geométricas de Claude Montana en los 90. También resonaba el momento sublime de Grace Jones, cuando moda y escultura se fundaban en una sola idea. Había ecos del dramatismo teatral de Cristóbal Balenciaga, con sus líneas rotas y asimétricas, y del surrealismo de John Galliano para Dior, donde el vestido era un espectáculo en sí mismo. El patrón en espiral, con su efecto hipnótico, sugería movimiento contenido, una energía girando alrededor del cuerpo, mientras el tocado, más escultura que accesorio, declaraba que Demi no vino a rendir homenaje a la moda, sino a recordarnos que, hecha bien, es arte en estado puro.

Demi, que nunca cede a excesos innecesarios, apostó por uno solo, pero gigantesco, y ganó. Este tipo de apuestas —visuales, técnicas, casi teatrales— solo funcionan cuando quien las lleva no compite con la prenda. Y Moore no compite: manda. Sin concesiones románticas ni florituras de alfombra roja, su aparición galáctica, con modales de diosa antigua, convirtió la moda en arquitectura viva. Ella, por supuesto, fue la catedral.

Jennie Kim de Chanel: reencarnado en clave K-pop

Gala Met ()

La fantasía de Chanel entre tradición, teatralidad y poder femenino.

Jennie Kim irrumpió en la Met Gala 2025 como un retrato de Cecil Beaton bajo la dirección artística de Karl Lagerfeld y con el ritmo visual de un videoclip de lujo. Su estilismo no fue solo un homenaje a la maison Chanel, sino una revisión milimétrica del legado de Mademoiselle Coco, reinterpretado con una mirada asiática, fresca y calculada hasta el último plisado.

El look, compuesto por un top con hombros descubiertos adornado con una flor blanca en el centro, perlas cruzadas, una falda de abertura teatral que revelaba pantalones satinados y un sombrero de copa baja con cinta blanca, parecía tejido entre el archivo de Chanel y la fantasía. Era como si una silueta de los años 30 hubiera sido filtrada por las colecciones de Alta Costura de Chanel en los 90 y proyectada sobre una estrella del pop del siglo XXI. El sombrero, un guiño al dandi femenino, evocaba la elegancia desafiante de Marlene Dietrich en Morocco, los paseos de Gabrielle Chanel por Deauville, y un toque sutil de Dita Von Teese sin el burlesque. El resultado: elegancia sin afectación, teatralidad sin artificio.

Jennie no vino disfrazada de Chanel: vino canalizando su espíritu, como si Coco se reencarnara en clave K-pop. Las perlas, la flor blanca, la falda envolvente con pantalones y los gestos contenidos creaban un teatro de la discreción, un homenaje lúcido al archivo sin caer en la literalidad. Se percibían ecos de la Coco de los años 30 y 50, con su binomio blanco y negro y su minimalismo cargado de intención, pero también del rigor teatral de Lagerfeld en los 90, de las editoriales de Inès de La Fressange, e incluso de una dama eduardiana reinterpretada por John Galliano, con su cintura ceñida y porte de retrato real, pero con la actitud desafiante de quien domina un escenario, no un salón de té.

Jennie no desfiló: hizo desfilar la idea de Chanel a través de ella. Sin excesos, sin maquillaje editorial, sin concesiones. Porque hay algo más revolucionario en vestirse como una dama cuando sabes que, si quieres, puedes reventar la pista. Jennie no jugó a ser Chanel: por una noche, lo fue, con guantes largos, pasos firmes y una elegancia que se insinúa.

Lalisa Manobal de Louis Vuitton: entre Chanel y burlesque: la coquetería con agenda de poder

Gala Met ()

El boudoir chic se viste de poder y guiña a los 60.

Lisa debutó en la Met Gala 2025 con un conjunto de Louis Vuitton que no buscaba aprobación, sino impacto. Su estilismo, compuesto por una chaqueta de encaje negra adornada con perlas y cadenas, ropa interior bordada con cristales, medias monogramadas con el logo de la marca, un cinturón de perlas, un bolso blanco y negro en clave logo power y stilettos negros, combinó elegancia y audacia, alineándose con el código “Superfine: Tailoring Black Style” desde una perspectiva postmoderna. Lejos de disfrazarse de Chanel, Lisa reventó los códigos del lujo desde dentro, jugando con sus símbolos icónicos y llevándolos al terreno de la provocación.

El look evocaba el Chanel gamberro de Karl Lagerfeld en los 90, con modelos desfilando entre cadenas doradas, tangas visibles y medias de fantasía sin pedir disculpas. También resonaba la Madonna de la era Material Girl, donde el lujo se fundía con descaro, sexualidad y una sonrisa cómplice. Lisa, sin embargo, añadió su sello personal: un recogido voluminoso con flequillo, labios rojos y una mirada ladeada que la convertían en una pin-up couture, una corista con pasaporte diplomático al mundo de la alta costura. No era un tributo literal al “Tailoring Black Style”, sino una lectura audaz del empoderamiento estético, demostrando que una chaqueta de tweed puede llevarse con perlas o con picardía y piernas al aire. Y eso, también, es estilo.

Un detalle polémico encendió el debate: el bordado en el corpiño, con retratos del artista Henry Taylor, donde algunos en redes sociales afirmaron reconocer el rostro de Rosa Parks. Esta supuesta inclusión provocó críticas sobre la pertinencia de situar a una figura emblemática de los derechos civiles en un contexto de moda y lujo. Ni Lisa ni su equipo han aclarado la controversia, dejando el debate abierto. Para algunos, fue un intento valiente de fusionar arte, activismo y alta costura; para otros, una elección cuestionable. Sea como fuere, Lisa no pasó desapercibida, y su look, teatral, provocador y glamuroso, redefinió lo que significa llevar la sastrería con actitud.

Arte: Charlotte Abbey

¿Te gustaría que contáramos tu boda? ¡Escríbenos!

Presume de buen gusto compartiendo este artículo…

Pin It on Pinterest